Categorías
BLOG

Recomendaciones sobre conservación en el siglo XVIII. El caso del Archivo de Indias de Sevilla

En la actualidad,  los conservadores-restauradores, nos movemos entre legislación, recomendaciones y cartas que indican, advierten y sugieren  lo más conveniente para los Bienes Culturales, tanto en criterios como en metodología, de intervenciones de restauración y de conservación preventiva.  

Pero estos Bienes Culturales existieron siempre, al igual que aquellas personas que velaron por su “conservación”, pese a que sus “praxis” no fueron siempre acertadas. Ahora, debemos plantearnos dos cuestiones. Primero, que algo hicieron bien, cuando disfrutamos aún de ellos, o de muchísimos de ellos. Y segundo, que debemos ser benévolos con ellos debido a los conocimientos y materiales de los que disponía en cada época. Dicen que la intención, en este caso buena, es lo que cuenta.

En este post quiero compartir  con vosotros algunos puntos de las Ordenanzas para el Archivo General de Indias de Sevilla, normas dictadas en 1790, sólo unos años después de su creación. Normas curiosas, algunas anecdóticas, pero que dejan ver el respeto y el interés por la conservación de los documentos de albergaba.

El primer aspecto al que hace referencia es la limpieza, exponiendo que “el aseo ha de ser continuo, por manera que jamás se verifique porción notable de polvo sobre los papeles, y mucho menos depósitos de basura sobre los estantes” pues eran conscientes que esto podría derivar en “que puedan anidar insectos”. No era trabajo especializado, sino labor en la que se “empleará al portero todo el tiempo que se halle desocupado de otros trabajos”.

Este portero, junto con un mozo, también eran los encargados de barrer el Archivo “el último día de trabajo de cada semana”. Para ello echarían “en el pavimento arrerraduras mojadas, u otro ingrediente propio para absorber el polvo y evitar que se levante y pegue a la estantería”.

La limpieza se realizaba más minuciosamente “al menos una vez al año por mayo, entendiendo en ello todos los empleados”. Se tardaría un mes, sacando todos los legajos y libros de las estanterías y “sacudirlos”. Este trabajo debía certificarse con una carta firmada por el archivero y el oficial.  

Ya conocían que la conservación también dependía del continente, del inmueble, cuando se recomendaba que había de “tener mucha atención a conservar en buen estado el edificio en la parte destinada al archivo” así como “su estantería, sus muebles, puertas y ventanas , reparando y componiendo al instante cualquier cosa que se observase maltratada”

Dos cuestiones eran importantes: la humedad y el fuego. Para evitar goteras, las Ordenanzas obligaban a que “todos los años por otoño, que el arquitecto visite y reconozca las azoteas”.

Evidentemente, el mayor peligro al que estaba expuesto el Archivo era el fuego, por lo que se debía “evitar las más remota ocasión de incendio”. Las indicaciones sobre este aspecto son las más detalladas, que impedían “introducir y encender lumbre alguna”. Era obvio que en invierno se encendían algunos braseros, aunque teniendo la precaución que “deberán encenderse fuera” y disponerlos “cubiertos con campanas agujereadas de barro o hierro y permanecer así en medio de las salas, desviados de las mesas, y sin esteras ni cosas combustibles alrededor”. Esto sólo se permitía cuando estaba abierto, y al final de la jornada debían “sacarse y apagarse fuera de las salas”. Las lámparas portátiles estarían dentro de un farol de cristales.

En cuanto a la seguridad del edificio todo se centraba en la custodia de las llaves, que daban al portero antes de las horas de oficina para que abriese, y también se asegurase de cerrar, al salir, puertas y ventanas. Si el Archivo se abría en días y horas no habituales, junto con el portero, estaría presente el jefe o un oficial, así también “en las tardes destinada a barrer y limpiar”. En este último caso estaban presentes, y obligados a abrir y cerrar puertas y ventanas “unos de los dos oficiales más modernos, turnados por semanas”.

Los actuales vigilantes de seguridad de los accesos equivalían entonces a “dos soldados del Cuerpo de Inválidos de Sevilla, que nombrará su Comandante, escogiéndolos entre los de mayor probidad y confianza”. Cuidaban de la seguridad del Archivo “desde el anochecer hasta el amanecer, cerrada la puerta de la calle, sin permitir la entrada a persona alguna”. Por el día había uno permanentemente en la entrada para “impedir la entrada a personas que no sean decentes”. Curioso eran, asimismo, sus “honorarios”, con una gratificación de dos reales diarios y “además se les administrarán dos sillas y dos cajones dormitorios con sus camas”.

Como dicen que dijo Maimónides: “A veces la calidad del acto depende de la intención de quien la ejecuta”.

Hoy en día el Archivo General de Indias de Sevilla custodia la más importante colección de documentos sobre la relación económica y social entre España y América.

Deja un comentario